¿Quién queda fuera cuando digitalizamos la salud?

Por Joseline Carías Galeano

La transformación digital en salud suele presentarse como una historia de progreso. Más tecnología. Más datos. Más conectividad. Más innovación.

Gobiernos, organismos internacionales, hospitales y empresas tecnológicas hablan constantemente de acelerar la digitalización de los sistemas de salud. Sin embargo, en medio de ese entusiasmo, existe una pregunta que rara vez ocupa el centro de la conversación: ¿quién queda fuera cuando digitalizamos la salud?

Porque cada vez que implementamos una plataforma, desarrollamos una aplicación, automatizamos un proceso o diseñamos una política digital, también estamos tomando decisiones sobre quién podrá beneficiarse de ella y quién enfrentará nuevas barreras para acceder.

No siempre ocurre de forma intencional.

Muchas veces sucede precisamente porque asumimos que la tecnología es neutral.

La falsa neutralidad tecnológica

Existe una tendencia a pensar que las tecnologías son herramientas objetivas, independientes de las personas que las diseñan o implementan. Sin embargo, toda tecnología responde a decisiones humanas.

Alguien decide qué problema merece atención.

Alguien decide qué necesidades son prioritarias.

Alguien decide qué datos se recopilan y cuáles no.

Alguien decide quién participa en la conversación y quién permanece ausente.

Por eso, cuando hablamos de transformación digital, también estamos hablando de poder, de prioridades y de inclusión.

La tecnología no existe al margen de la sociedad. Refleja las mismas dinámicas, desigualdades y sesgos presentes en ella.

Cuando una solución digital es diseñada sin considerar las realidades de las personas usuarias, existe el riesgo de que reproduzca las mismas barreras que pretendía resolver. La innovación, por sí sola, no garantiza inclusión. La tecnología puede ampliar oportunidades, pero también puede profundizar desigualdades si no se cuestionan los supuestos que existen detrás de su diseño.

Las brechas no desaparecen cuando se digitalizan

Las desigualdades que observamos en nuestros sistemas de salud no comenzaron con la transformación digital.

Las brechas de acceso, las diferencias territoriales, las limitaciones de conectividad, las barreras económicas y las inequidades de género existían mucho antes de que incorporáramos herramientas digitales.

La pregunta es qué ocurre cuando esas desigualdades se encuentran con las nuevas tecnologías.

¿Qué pasa cuando una consulta médica requiere una conexión estable a internet que muchas personas no tienen?

¿Qué ocurre cuando los servicios digitales se diseñan pensando en una realidad urbana que no representa a toda la población?

¿Qué sucede cuando las decisiones tecnológicas se toman sin escuchar a quienes utilizarán esas soluciones todos los días?

La transformación digital puede reducir desigualdades, pero también puede profundizarlas. Todo depende de cómo se diseña, para quién se diseña y quién participa en las decisiones.

Durante años hemos medido el éxito de muchos proyectos digitales por la cantidad de sistemas implementados, plataformas desplegadas o procesos digitalizados. Sin embargo, rara vez nos preguntamos quiénes tuvieron dificultades para utilizarlos, quiénes abandonaron el proceso o quiénes simplemente nunca lograron acceder.

La exclusión digital no siempre es visible.

A veces se manifiesta en una persona que no comprende cómo utilizar una aplicación. Otras veces aparece en una comunidad sin conectividad suficiente para acceder a servicios remotos. En ocasiones se traduce en datos incompletos, decisiones mal informadas o políticas diseñadas desde oficinas lejanas a las realidades que intentan transformar.

La importancia de mirar las intersecciones

Cuando hablamos de inclusión, existe otro riesgo: asumir que todas las personas experimentan las mismas barreras.

No es así.

Las personas viven múltiples identidades y contextos de manera simultánea.

Una mujer profesional que vive en una gran ciudad no enfrenta necesariamente los mismos desafíos que una mujer indígena en una comunidad rural. Una persona adulta mayor puede experimentar obstáculos distintos a los de una joven profesional altamente conectada. Una persona con discapacidad puede enfrentar barreras que no fueron consideradas durante el diseño de una plataforma digital.

Las desigualdades no ocurren de forma aislada. Se cruzan, se acumulan y generan experiencias profundamente distintas.

Por eso, la transformación digital necesita incorporar una mirada interseccional. No basta con preguntarnos si una solución funciona. Debemos preguntarnos para quién funciona, en qué contextos funciona y quiénes podrían estar quedando fuera del beneficio esperado.

La verdadera inclusión comienza cuando reconocemos que las personas no parten del mismo lugar.

¿A quiénes no estamos viendo?

Durante una de las sesiones del módulo de Género y Equidad en Salud Digital del Curso de Liderazgo Femenino en Transformación Digital en Salud desarrollado desde RECAINSA, nuestra invitada Javiera Klein compartió una reflexión que resonó profundamente entre las participantes: muchos procesos de transformación digital fracasan porque se diseñan desde la lógica institucional y no desde la experiencia cotidiana de las personas que viven el sistema de salud.

Con frecuencia hablamos de plataformas, estándares, interoperabilidad o procesos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a comprender el recorrido completo de una persona usuaria dentro del sistema o de los equipos que sostienen su funcionamiento día tras día.

¿Quién registra la información?

¿Quién enfrenta la carga administrativa adicional cuando se implementa una nueva herramienta?

¿Quién acompaña a pacientes que no logran utilizar un servicio digital?

¿Quién queda fuera de las conversaciones donde se toman decisiones?

Klein destacó la necesidad de incorporar actores que tradicionalmente permanecen invisibilizados en los procesos de transformación: personal administrativo, equipos de apoyo, personas cuidadoras, comunidades y otros grupos que rara vez participan en el diseño de las soluciones, pero que viven sus consecuencias todos los días.

Su mensaje fue claro: comprender el recorrido real de las personas es tan importante como comprender la tecnología que queremos implementar. Cuando ignoramos esas experiencias, aumentan las probabilidades de construir soluciones técnicamente correctas, pero desconectadas de la realidad.

“Cuando lideramos la transformación digital con enfoque de equidad, no solo transformamos sistemas: transformamos oportunidades para quienes históricamente han quedado fuera.” – Javiera Klein. 

Quizás una de las ideas más poderosas que dejó la conversación fue que visibilizar lo invisible también es una forma de liderazgo.

Porque resulta difícil diseñar sistemas más inclusivos si primero no somos capaces de reconocer quiénes han permanecido fuera de nuestra mirada.

Esta reflexión encontró eco inmediato entre las participantes del curso. 

Lo que las mujeres líderes están observando en la región

En una reciente conversación con mujeres profesionales de distintos países de América Latina y el Caribe durante una de las clases del mismo curso surgió una reflexión reveladora.

Cuando se les preguntó cuáles eran las principales brechas que observaban en sus contextos, las respuestas fueron sorprendentemente consistentes.

Hablaron de alfabetización digital.

Hablaron de acceso y conectividad.

Hablaron de interoperabilidad.

Hablaron de liderazgo y gobernanza.

Y hablaron de brechas de género.

Lo interesante es que ninguna de estas brechas es exclusivamente tecnológica. La mayoría son desafíos relacionados con capacidades humanas, toma de decisiones, distribución de recursos, voluntad política y liderazgo.

Esto nos recuerda algo fundamental: las barreras más profundas para la transformación digital suelen ser organizacionales, culturales y estructurales.

La tecnología puede ser parte de la solución, pero difícilmente resolverá por sí sola problemas que tienen raíces sociales, institucionales y políticas.

Visibilizar lo invisible

Uno de los aprendizajes más poderosos que emergió durante esta reflexión colectiva fue la importancia de visibilizar aquello que normalmente permanece oculto.

Visibilizar lo invisible no es únicamente un ejercicio técnico. Es una práctica de liderazgo.

Implica cuestionar aquello que damos por sentado, reconocer quiénes participan en las decisiones y quiénes permanecen fuera de ellas, y ampliar la conversación para incorporar voces que históricamente han sido ignoradas.

En un contexto de transformación digital, esta capacidad puede marcar la diferencia entre una solución adoptada por las personas y una herramienta técnicamente correcta, pero desconectada de la realidad.

La equidad no es un complemento

Con frecuencia, los temas de género, inclusión y equidad son tratados como dimensiones adicionales que pueden incorporarse una vez que la tecnología ya está funcionando.

Pero la experiencia demuestra lo contrario. La equidad no es una etapa posterior de la transformación digital. Es una condición para que la transformación funcione.

Cuando comprendemos las distintas realidades de las personas usuarias, las soluciones son más pertinentes.

Cuando incorporamos perspectivas diversas en la toma de decisiones, las iniciativas son más sostenibles.

Cuando reconocemos las brechas existentes, aumentan las posibilidades de generar impacto real.

La equidad no ralentiza la innovación.

La fortalece.

De hecho, las soluciones que ignoran las desigualdades suelen enfrentar mayores niveles de resistencia, menor adopción y resultados menos sostenibles en el tiempo.

Diseñar para la diversidad no es un obstáculo para innovar. Es una de las condiciones que permiten innovar mejor.

El liderazgo que necesita la salud digital

La transformación digital no requiere únicamente especialistas tecnológicos. 

Necesita líderes capaces de formular las preguntas correctas. Líderes que comprendan que detrás de cada dato existe una persona. Líderes que cuestionen la idea de que una misma solución funciona para todos los contextos.Líderes que entiendan que la verdadera innovación no consiste únicamente en adoptar nuevas herramientas, sino en construir sistemas más justos, inclusivos y humanos.

Necesitamos liderazgos capaces de conectar tecnología con derechos, innovación con equidad y transformación con sostenibilidad.

Necesitamos líderes que entiendan que gobernar la salud digital implica tomar decisiones sobre acceso, participación, representación y poder.

Porque al final, la pregunta más importante no es qué tecnología estamos implementando.

La pregunta es a quién está sirviendo.

Y, sobre todo, quién podría estar quedando fuera sin que nos demos cuenta.

La próxima vez que hablemos de inteligencia artificial, telemedicina, interoperabilidad o plataformas digitales, quizás deberíamos detenernos un momento antes de preguntarnos qué tecnología vamos a implementar.

Tal vez la pregunta más importante sea otra.

¿Quién participa en la decisión?

¿Quién se beneficia?

¿Quién queda fuera?

Porque la transformación digital que América Latina y el Caribe necesita no será la que incorpore más tecnología.

Será la que logre incluir a más personas. 

Porque una transformación digital que deja personas atrás no es transformación. Es simplemente otra forma de exclusión. 

Joseline Carías Galeano es la Directora Ejecutiva de RECAINSA y reconocida como una de las líderes en salud digital en América Latina y el Caribe, con amplia experiencia en transformación digital, fortalecimiento de sistemas de salud, cooperación internacional y articulación multisectorial. Es co-creadora del Programa de Formación Mujeres Líderes en Salud Digital, una iniciativa pionera que impulsa el liderazgo femenino en la región. Es una voz activa en espacios regionales y globales que promueven la gobernanza de la salud digital, la interoperabilidad, la gobernanza de datos y el fortalecimiento de capacidades para la transformación de los sistemas de salud. Desde estos espacios impulsa el diálogo multisectorial, la cooperación internacional y la construcción de ecosistemas digitales más inclusivos, resilientes y orientados a mejorar el acceso y la calidad de los servicios de salud.

Las opiniones expresadas en los artículos son responsabilidad exclusiva del autor o los autores y no representan necesariamente la posición de la junta directiva de RECAINSA ONG y RECAINSA Inc., ni del equipo ejecutivo.

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