
Cuando terminé la carrera de medicina, tenía una imagen muy clara de mi vida profesional: una consulta, una bata blanca, un paciente al frente. Elegí este camino porque quería acompañar los momentos más difíciles. Nunca imaginé que años después estaría también frente a una pantalla, analizando bases de datos de miles de pacientes, aprendiendo a programar y tratando de entender qué es un pipeline o flujo de procesamiento de datos en salud.
Y, sin embargo, ahí estoy, sin haber dejado de ser médica ni un solo día. Al principio sentía que tenía que elegir, pero con el tiempo entendí que esa no era la pregunta correcta. La pregunta es cómo hacer que el conocimiento que gané viendo pacientes llegue a lugares donde antes no llegaba.
Nuevas herramientas, el mismo propósito
Cada generación de profesionales de la salud ha incorporado conocimientos y herramientas que, en su momento, parecían extraordinarios y que para la siguiente ya eran parte de la práctica diaria. La nuestra vive su propia versión de esa transformación, y yo la vivo literalmente sentada frente a datos clínicos, tratando de entender qué patrones se esconden detrás de miles de historias de pacientes que nunca voy a conocer en persona. Ahí descubrí algo que no esperaba: comprender a una población entera también es una forma de cuidado.
Pero también aprendí que ningún algoritmo conoce por sí solo las necesidades de una comunidad. Para eso seguimos necesitando personas que comprendan el contexto, formulen las preguntas correctas y recuerden que detrás de cada dato hay alguien esperando una respuesta. Por eso esta transformación no es solo tecnológica. Es, sobre todo, humana y profesional.
Ser joven en un sector que también cambia
Lo veo en mi camino, pero también alrededor: una joven médica en un proyecto de salud pública, una enfermera diseñando una solución digital, una epidemióloga colaborando con desarrolladores. Ninguna dejó de ser lo que estudió; al contrario, es ese conocimiento clínico el que hace valiosa su participación en estos otros espacios. Yo no aprendí de datos e inteligencia artificial (IA) para dejar de ser médica, sino para poder hacerle a los datos las mismas preguntas que le hago a un paciente en consulta.
Nuestra región no necesita copiar su futuro
América Latina y el Caribe tienen talento y creatividad, pero también profundas desigualdades en salud. Transformar nuestros sistemas no puede significar simplemente importar lo que funcionó en otro lugar: necesitamos preguntarnos qué funciona aquí, con nuestros recursos, para nuestras poblaciones. Y para eso necesitamos jóvenes que no asuman que el futuro debe importarse, sino que participen en construirlo.
También importa quién participa en esa construcción. Para las mujeres, participar importa doblemente: importa quién está presente cuando se decide qué problema merece atención y quién puede señalar que algo que funciona en el papel no siempre funciona igual para una comunidad con recursos distintos.
No tenemos que esperar nuestro turno
Existe la idea de que primero hay que acumular experiencia y que, algún día, estaremos listas para aportar. La experiencia importa, muchísimo. Pero ser joven no significa no tener nada que decir: significa observar con ojos nuevos, hacer preguntas que otros dejaron de hacerse y vivir durante décadas con las decisiones que hoy se toman sobre el futuro de nuestros sistemas de salud.
Todavía estoy aprendiendo a hacerlo, entre datos, pacientes y preguntas sin respuesta clara. Pero cada vez tengo más claro que la salud de las próximas décadas no está escrita y que nuestra generación no tiene que esperar a recibirla. También puede ayudar a construirla.
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